José Mujica: “Los países latinoamericanos competimos por ver quién se baja más los pantalones”

Ante un auditorio colmado en la
Facultad de Economía de la Universidad de Buenos Aires, un José Mujica
abrumado por los aplausos se sienta frente al micrófono con la intención
de dar cátedra. Lleva un par de días en Buenos Aires para presentar su
biografía autorizada, Una oveja negra al poder (Ed. Cúspide), y ha
encadenado en estas 48 horas demasiadas entrevistas centradas en el
anecdotario de ese relato. Por eso, quizá, la decisión de lanzar un
mensaje de más calado aprovechando la ceremonia en la que se le inviste
doctor honoris causa.
El discurso como lo son siempre los del expresidente
uruguayo despliega su retórica sencilla sazonada con alguna que otra
palabrota, en tono reflexivo y entusiasta. Y se centra en una idea que
pocas veces se escucha en esta parte del continente, y muchas menos de
un ex primer mandatario: que la vocación integradora de los países
latinoamericanos es débil y superficial. Y que eso la aboca al desastre;
a la pobreza y la desigualdad.
“Tenemos mucho en común y sin embargo estamos ahogados
en nuestros estados nacionales, clamando por una hipotética integración
que no es motivo central de nuestra existencia política”, lanza. Y
advierte: “El mundo que viene no es para los débiles. Y el único camino
para no serlo es juntarse para reproducir una voz más fuerte y hacer
valer nuestra propia existencia. Pero los gobiernos estamos preocupados
por llegar a final de curso y ver quién nos sucede”. Los aplausos
estallan.
“No podemos esperar que espontáneamente la economía nos
integre. Los países latinoamericanos estamos disputando entre nosotros
cómo atraemos la inversión extranjera y hacemos un concurso a ver quién
se baja más los pantalones”, sostiene. Y con los aplausos de fondo
remacha: “Así no. ¡Así no!”.
Y si el fondo de la política regional es objeto de las
críticas también lo son las formas. “Estamos disputando la miseria,
achicando la cancha permanentemente”, asegura, apelando como buen
sudamericano a la metáfora futbolística. Mujica se atreve incluso a
meterse con el mito de la izquierda local: “No hay que acordarse de
Bolívar en todos los discursos. Hay que laburar. Menos fotos de
presidentes, menos reuniones, menos discursos y más voluntad política en
esta pelea”.
La pelea que refiere el uruguayo es frente a las grandes
potencias, frente a las multinacionales. “Gran parte de la soberanía
actual de los Estados va a ser absorbida por acuerdos internacionales
propuestos y llevados a tambor batiente por los países más fuertes”,
explica. “Las fuerzas del mundo luchan por atomizarnos. Porque así el
peso de las multinacionales es determinante. Para evitarlo tenemos que
ser dueños de nuestro propio sistema, de nuestra investigación, de
nuestra ciencia¦ Si la dejamos, China viene con todo y va a hacer lo que
se le cante”, subraya.
En el discurso de Pepe Mujica Europa aparece como
ejemplo de la política de integración, a pesar de que al otro lado del
Atlántico las críticas apuntan precisamente a las desigualdades entre
los actores de esa integración. “La gran fundadora de la civilización
contemporánea, capitalista, agresiva, que se impone en el mundo entero,
está haciendo lo que tiene que hacer: se aglutina. ¿Por qué? Para
defender lo que fue. Porque sabe lo que es EEUU y tiene claro lo que se
levanta en Oriente”, analiza.
La receta del exmandatario para estos lares es
matemática: hay que gobernar cinco días para el país y dos días para
América latina. Tenemos que hacer una hipótesis de futuro, de
construcción colectiva. Si no integramos la inteligencia no vamos a
integrar un carajo de nada”.
Pero para hacerlo hace falta convencer a las bases. “Las
multitudes ya no leen diarios, y si las multitudes no entran en esto,
no hay fuerza. No hemos logrado que el hombre común y corriente de los
países latinoamericanos perciba que su suerte está en juego” con estas
políticas.
Después las palabras del expresidente uruguayo se tornan
más generales, evocadoras. “El hombre es el único que puede darse
cuenta que el negocio de la solidaridad es el mayor egoísmo para vivir
mejor. Pelear a lo perro cimarrón disputando un hueso es la ruina”,
afirma entre aplausos.
“Mientras, seguimos acumulando millonarios, viejos
miserables que no saben qué hacer con la plata y la despilfarran. Y no
tenemos ni siquiera el coraje de encajarles un impuesto de carácter
mundial y fugan con la plata de un lado al otro y juegan con los
pueblos. No hay crisis ecológica, sino crisis de gobernanza mundial”.
“Ni siquiera podemos organizarnos para distribuir la
comida que nos sobra porque no la hemos podido vender y la tiramos.
Somos unos fenómenos”, ironiza. Los pobres de África también son
nuestros pobres. El mundo está clamando por un gigantesco plan Marshall
para liquidar la pobreza”, dice casi a voz de grito.
Y acaba dirigiéndose a los jóvenes presentes, apelando a
la austeridad y la sencillez que lo han convertido en un personaje
famoso, en una rara avis de la política, Una oveja negra al poder.
“¿Qué vas a hacer? inquiere ¿Apostar por trabajar en una multinacional y
jubilarte con artritis y medio ciego de estar delante de la
computadora? Si lo que querés es ostentación, afirmar tu individualidad,
resaltar entre tus congéneres, metete en la danza de la lucha por los
millones. Yo pienso que hay que pelear por la felicidad humana. Y la
felicidad es tener lo básico y tiempo para vivir”.
Y antes de despedirse y dar las gracias a un público que
le aplaude de pie como a un artista, suelta su último consejo:
“Aprovechen el tiempo, pero no se dejen ganar la libertad”.
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