Entrevista Yira Castro (FARC)
“En el soldado enemigo veo un compatriota, nosotros no peleamos con odio”
"Los guerrilleros somos seres humanos con conciencia política",
dice Yira Castro, comandante de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de
Colombia (FARC) y guerrillera desde hace 31 años
Pascual Serrano
- La Habana
La comandante de las FARC Yira Castro
Se llama Yira Castro, tiene 46 años y desde los
quince es guerrillera de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia
(FARC). Probablemente sea la guerrillera más antigua de su
organización. Como ella misma señala, “ya no quedan mujeres con tantos
años en la guerrilla como yo, han muerto, se han ido...". Hoy es
comandante e integra la delegación que se encuentra en La Habana desde
hace dos años en diálogos con el Gobierno colombiano para intentar una
salida pacífica a un conflicto armado que dura más de cincuenta años.
Originaria del golfo de Urabá, una convulsa región de Colombia cerca de
la frontera con Panamá, es difícil ver en esta mujer menuda una
guerrillera de uniforme verde olivo y fusil al hombro. Forma parte de
los miembros de la delegación reacios a entrevistas, en las pocas que ha
concedido ha comprobado las tergiversaciones y manipulaciones. Ahora su
desconfianza es constante y justificada. Horas de conversaciones nos
han permitido compartir con ella asuntos que no suelen tratarse en las
entrevistas con la guerrilla: la situación de la mujer, las relaciones
sentimentales, las jerarquías, las muertes de compañeros, la visión que
se tiene del enemigo, el escenario de una Colombia en paz...
Comienza relatándome su incorporación. Su familia era
pobre, pertenecía al Partido Comunista de Colombia y vivían un acoso
constante por las fuerzas de seguridad. “Le propongo a un comandante
cercano que me ayude para seguir estudiando, y me sugiere entrar en la
guerrilla, es lo único que puede ofrecerme. En esa joven edad en la que
una idealiza la guerrilla, la propuesta me pareció estupenda, ya dos
hermanos míos estaban allí. Mis padres no se opusieron. Ellos sabían que
no tenían nada que ofrecerme, no podía estudiar, estábamos
perseguidos... El futuro hubiera sido de pobreza, con muchos hijos igual
de pobres a mi alrededor sin poder atenderlos. Mi mamá le dijo al
comandante 'de aquí se lleva a una niña, si algo no funciona, me la
devuelve igual'. Yo no me arrepiento de ser guerrillera, pero sí de no
poder haber estudiado. Me hubiera gustado ser médica. Pero siempre
independiente, sin hijos ni nada así”.
Continúa
explicándome aquellos primeros tiempos en la guerrilla: “Entonces, como
éramos pocas mujeres, las demás me cuidaban constantemente, no me sentí
una mujer adulta e independiente nada más llegar. En realidad, para el
mando, mi presencia era más que nada un motivo de preocupación. Me
mandaban a cumplir misiones cerca de la casa de mis padres con el
objetivo de que me quedara allí y no volviera, pero yo siempre retornaba
al campamento. El comandante pensaba que ojalá me quedara con mis
padres y no volviera y así se quitaba un peso de encima. Aunque llegaron
otras mujeres jóvenes, yo era la más pequeña, era el centro de atención
de todo el mundo, hombres y mujeres. Pero siempre gocé de respeto. Esa
atención desmedida era para ver cómo me ayudaban, más ternura que otra
cosa. Sentían que les preocupaba que me deformara, me restringían
ciertas cosas, novios, etc... Se puede decir que, en cierta forma, tuve
una educación menos libertina, más conservadora, siendo guerrillera”.
En Europa no es fácil entender la existencia de una guerrilla en el
siglo XXI. ¿Con qué ideales o convicciones se incorpora a las FARC y
luego desarrolla? ¿Qué justificación da al origen y existencia de esa
guerrilla en Colombia?
Cuando se incorpora a
filas a tan temprana edad, decir que se llega totalmente consciente no
es cierto, acá se llega por diferentes motivaciones, pero todas tienen
su origen en la injusticia social. Luego, paulatinamente y con base en
el estudio permanente se van adquiriendo conocimientos más amplios, se
va conociendo de otras luchas y sus razones y eso va construyendo,
reforzando nuestra moral revolucionaria. En mi caso comenzaron a
afianzarse más mis convicciones, mis valores éticos y morales, no solo
como mujer sino también como ser humano, ya traía elementos, la
educación que se recibe desde el hogar, la formación familiar tiene
mucho que ver en el futuro del combatiente.
Pero date
cuenta que las FARC pregonan y educan con base a esos valores, por esa
razón aun sigo aquí, y no es romanticismo ciego, lo que sucede es que
somos una familia en la que todos luchamos por unos ideales de justicia,
de equidad en la conquista de un futuro mejor para nuestro país, para
que las generaciones venideras vivan y disfruten la democracia y las
libertades por las que luchamos y por lo que han derramado su sangre
tantos hombres y mujeres de nuestra patria, a quienes el Estado
colombiano no les dejo otra vía que el alzamiento armado como respuesta a
la agresión militar y a sus políticas de hambre y exclusión.
Siendo tan joven, ¿cuáles fueron las primeras actividades que le asignaron en la guerrilla?
Lo primero es leerte los reglamentos. Ahora está más desarrollado, con
cursos de reclutamiento. Uno dice si acepta el Reglamento, con el
compromiso que eso supone. Ese Reglamento es público, está en nuestra
página web. Se trata básicamente de una línea de comportamiento. Entre
las primeras funciones está hacer guardia. Yo no tenía miedos
especiales, pero tenía asumido que en cualquier momento podía llegar el
enemigo y me iba a tocar combatir, para eso ya estaba preparada y
entrenada.
¿Le dieron un arma desde el principio?
Desde el primer momento, una pistola. Y me enseñan a usarla, disparando
en un polígono de tiro, a los ocho días. Al poco te enseñan a manejar
el fusil, que me quedaba muy grande.
¿No era un AK?
Qué va. El AK hubiera sido perfecto, es un fusil muy manejable, ideal para mujeres.
¿Recuerda su primer combate?
Sucedió al año más o menos. Fue una toma, un asalto. Emocionante,
porque no eres consciente del peligro. Todo depende del grado de trabajo
político previo con el que te incorpores a la guerrilla. En mi época,
en los ochenta, era con mucha conciencia. Los guerrilleros procedían,
sobre todo, del partido comunista, de las universidades. Había una auge y
efervescencia de la izquierda. Después se masificó mucho la
incorporación, y llegó gente de todos los lados.
Todos sabemos que los latinos seguimos siendo muy machistas, el
ambiente militar todavía lo es más. A pesar de ello, usted llega al
rango de comandante. ¿Cómo llevan los hombres de la guerrilla que su
superior sea una mujer?
Bajo mi mando solía
haber unos 50 o 54 guerrilleros, una compañía, pero podía variar según
la necesidad y las condiciones de cada comandante. No sé la experiencia
de otras mujeres al mando, pero la mía no supuso ningún problema. Más
que una competencia entre hombres y mujeres, entre nosotros se produce
una forma de complementarse, de ver cómo nos ayudamos.
Pero todos sabemos que en la guerra hay jerarquías, unos mandos. Es
inevitable en aras de la eficacia militar, no todos los combatientes son
iguales.
Pero se manda en base a unos
principios, unos principios revolucionarios. Cuando uno llega a ser
mando es porque ha reunido una serie de requisitos y méritos para asumir
esa responsabilidad. Los guerrilleros somos seres humanos con
conciencia política, y necesitamos que nuestro jefe también tenga esa
conciencia y capacidad, no solo lo necesitamos, lo exigimos. Si ven que
no lo tiene, la misma tropa, conscientemente organizada, va a decir
“este hombre o esa mujer no puede ser comandante”.
¿Eso puede suceder? ¿Ha pasado alguna vez?
Claro, ha sucedido muchas veces, cuando lo ha decidido la base.
¿Y cuál es el sistema por el que la tropa releva del mando a un comandante? ¿Cómo lo acepta el superior?
Como revolucionario debe aceptarlo moralmente. Yo tengo que asumir mis errores.
La comandante de las FARC Yira Castro vestida de civil
Yira Castro tiene una hija de 28 años y es abuela. El
padre era un guerrillero que murió en un bombardero. “Mi hija fue
entregada a la familia del padre a los veinte días. Yo me preparé para
eso durante todo el embarazo. Siempre estuve muy pendiente de ella. Hoy
tiene su vida normal, está en Colombia, perseguida y sitiada por la
inteligencia militar. Por seguridad tengo poco contacto con ella,
quisiera más, pero lo tengo asumido. En este momento no la tengo
ubicada. Y es mejor que no intente buscarla, le podría hacer daño. Son
cuestiones de índole militar y de las que no me gusta mucho hablar”.
¿Cómo vio la dirección su relación sentimental y su embarazo? Porque eso afecta al funcionamiento de su unidad.
Primero ya era una guerrillera, no era una niña. Es verdad que no tenía
todavía los 18 años, pero también, en Colombia, fuera de la guerrilla,
hubiera sido ya una mujer adulta. Fue una relación con responsabilidad y
madurez porque me embaracé dos años después de la relación. Ya nunca
más me quedé embarazada, no hay condiciones adecuadas para tener un hijo
en la guerrilla.
Muchos de
ustedes han dedicado toda su vida a la guerrilla, en su caso más de
treinta años, con todos los acontecimientos sentimentales y afectivos
que a uno le pueden suceder en todo ese tiempo. ¿Cómo se posiciona la
dirección, los mandos, ante las relaciones de pareja? ¿Las fomentan, las
obstaculizan en algún momento por alguna razón?
Yo te puedo hablar de mi experiencia personal, ten en cuenta que hay
varios frentes y, aunque existe un reglamento común, su interpretación
puede variar un poco. Ese reglamento dice que en la guerrilla la mujer
es libre de elegir con quién está.
¿Un mando puede separar a una pareja por razones militares?
La separación solo podría ser por motivos de indisciplina que afecten
el colectivo o en caso de misiones demasiado importantes, en las que un
guerrillero es un cuadro estratégico imprescindible para una misión y la
compañera es un cuadro estratégico para otra diferente. Son
irreemplazables. Así lo manejaría yo como mando. Pero si no son
indispensables en determinado lugar, irían juntos, o el que su misión
sea menos determinante y así lo desee iría con el de más
responsabilidad, es humano. No tendría sentido separarlos. Estar bien
emocionalmente es importante. Si estás mal emocionalmente, el nivel de
cumplimiento disminuye.
La
presencia de las mujeres en las FARC es una de las peculiaridades que
más asombran. Supongo que las mujeres tendrán problemas específicos en
las duras condiciones de la selva. ¿Cuál cree que es el principal?
En este momento creo que, aunque no sería un mayor problema, diría que
físico. Hay cosas que, como mujer, resultan más duras. Me refiero más a
cuestiones higiénicas que de esfuerzo físico, hay mujeres que cargan más
peso que hombres de 25 años. Ahora la guerrilla ha avanzado, hay
mejores condiciones, más modernidades en cuanto al peso, la forma de
transportar. Además nuestra organización siempre ha tenido en cuenta la
condición de mujer, no para hacer menos cosas, pero sí en cuestión de
salud. Si hay una sociedad igualitaria, esa es la guerrilla.
¿Para usted en concreto qué es lo más duro?
Es una pregunta difícil. Hay muchas cosas duras, pero lo más es ver
morir a un camarada. También una ruptura sentimental, puede parecer
curioso, pero eso influye en todo, te hace más vulnerable, es un bajón
de ánimo. Si eres íntegro, no afecta a tus misiones ni a tu moral, pero
internamente estás mal.
Cuando murió el padre de mi
hija, hacía años que no éramos pareja pero me dolió por mi hija. Nunca
me mataron la pareja, ojalá nunca me pase. Porque cuando le ha sucedido a
otra compañera, me pongo en su lado, y veo cómo lo sufre.
No logro imaginarme cómo se vive la caída de un compañero y menos todavía cómo se supera para poder seguir combatiendo.
Fuerte, es una de las cosas a las que uno nunca se acostumbra. Es una
vida que se pierde, una persona que estuvo mucho tiempo a tu lado, que
ni se sabe cuánto trabajo y sufrimiento tuvo que enfrentar. Además me
conmueve mucho porque tengo la sensación de que ya no verá ese futuro
por el que luchamos y que está por llegar. Ten en cuenta que somos como
una gran familia.
Parece lógico imaginarse que, en algún momento, se puede llegar a pensar que quizás no vale la pena tanto sufrimiento.
Nunca, nunca he pensado eso. Siempre creo que vale la pena. Y eso que
he estado en muchos combates, he visto caer a gente que vale mucho. Que
valía mucho como persona y amigo, pero también lo que significaba para
la organización, para el proyecto político nuestro. Uno se desprende del
egoísmo de entristecerse porque era tu amigo para sentirlo por ser un
hombre valioso, capaz, que desempeñaba misiones importantes para un
ejército como el nuestro.
Después de un combate con bajas por ambas partes, se puede terminar con
el enemigo capturado. ¿Qué se siente cuando se tiene a ese enemigo, que
hasta ahora le estaba disparando, capturado?
Eso me ha tocado muchas veces. Lo primero que se siente es que se trata
de alguien fuera de combate. Trato humano y respeto a su integridad
física y moral. Así lo estipula nuestro Reglamento.
¿Qué ve en él?
Te podría hablar como guerrillera o como Yira. Como Yira, te diré que veo un compatriota. No siento rabia alguna.
¿Pero recuerde que ese soldado quería matarla a usted?
Sí, pero ahora está en una posición de desventaja. Y eso, verlo
disminuido, quita cualquier rencor, cualquier odio. De hecho nosotros
aventajamos al enemigo en una cuestión, nosotros no peleamos con odio.
¿Cree que el enemigo sí?
Sí.
¿Por qué?
Porque está imbuido de él, está programado para odiarnos.
Pero él quizás diga lo mismo de ustedes.
Nosotros hemos dado muchas muestras. Respeto por su dignidad. Yo, entre
otras misiones, he sido una enfermera de combate, alguien que ha
cuidado prisioneros y ha protegido su vida. Tuve que dar respiración
boca a boca a un militar que se estaba muriendo, y de hecho le salvé la
vida. Yo le estaba aplicando un medicamento y tuvo una parada cardíaca,
mi única y espontánea reacción fue el boca a boca, no me importó su
enfermedad y su estado físico. Y era el enemigo. Pero mi misión era
salvarle la vida. Ese grupo de soldados luego me agradeció lo que hice.
Fui enfermera de prisioneros de guerra durante casi dos años.
Y el soldado apresado, ¿cómo reacciona?
Simplemente con temor.
Cuidar -y vigilar- durante dos años a soldados enemigos retenidos tiene
que ser una experiencia impactante. ¿Qué relación se establece con
ellos?
Es una relación muy tensa. El tiene la obligación de irse y yo de retenerlo. Hablábamos poco con ellos.
¿Y qué razón había para hablar poco?
Es una cuestión de disciplina.
Sigo sin ver la razón.
Se puede establecer un vínculo, una relación de familiaridad. Y eso
rompe la distancia que hay que tener, son cuestiones militares. El
exceso de confianza y de diálogo rompe otras cosas que hay que mantener.
Mi relación era meramente de enfermera, pero como enfermera, por
ejemplo, les sonreía. Le daba recomendaciones de salud, les curaba, etc.
¿Y usted nunca se planteó preguntarles por sus razones para la lucha?
No era la misión del momento. Siempre había entre los capturados un
cabo de inteligencia que intentaba hacer ese trabajo de inteligencia
conmigo. Nunca descansó. Es una guerra psicológica que siempre está ahí.
Esos soldados son gente de academia entrenados también para esa guerra,
muchos de mis compañeros son gente convencida pero quizás más ingenuos.
¿Qué pasó finalmente con esos soldados?
Fueron liberados en un gesto humanitario. Ni siquiera hubo canje. Pero
los altos oficiales siguieron retenidos, cuando Uribe intentó
rescatarlos, murieron. Lo que sí quiero decir es que esos soldados
salieron con un visión muy positiva de las mujeres de las FARC. Ellos
fueron muy respetuosos, en su vocabulario, etc. También yo siempre fui
respetuosa con ellos.
Te cuento una anécdota. Ellos
todo el tiempo se rompían la ropa en lo que pretendían fuera una acción
más de sabotaje y desestabilización para darnos problemas. Igual que
derramaban el agua para beber. Durante unos días yo los veía que no
paraban de tejer, hasta pedían hilo. No entendía qué estaban haciendo.
Al final estaban cosiendo un sombrero para regalarme en agradecimiento a
lo que yo hacía por ellos. Cuando me lo entregaron, me pidieron que me
lo pusiera, algo que iba en contra de la disciplina del uniforme, pero
ya antes habían hablado con mi superior y éste habían autorizado que lo
recibiera. Me lo puse delante de ellos y, tomando el ala del sombrero,
lo giré 360 grados con mi mano derecha. Imagina la escena de
confraternización, yo con un sobrero coqueto cosido por el enemigo, y en
la selva.
Finalmente, cuando estábamos liberando
esos soldados, vi por televisión la entrega y a mí me saltaban las
lágrimas observando a las mamás abrazándolos. Y eso tratándose de gente
que si hubiera tenido la oportunidad de quitarme el fusil, matarme y
fugarse, lo hubiera hecho. Eran oficiales muy cualificados.
¿Y usted les hubiera disparado si hubieran querido fugarse?
Obvio. Y ellos lo sabían.
¿Por qué cree que un colombiano se hace soldado? ¿Ha tenido alguna vez esa conversación con uno de ellos?
Desgraciadamente no la he tenido. No desaprovecharía la oportunidad de tener esa conversación.
En su opinión, ¿han cometido crímenes las FARC? Es una de las acusaciones que les hacen constantemente.
Si definimos la palabra crimen como el acto de atentar premeditadamente
contra alguien o contra un grupo de civiles inocentes, la respuesta es
no. Resulta impensable que una fuerza revolucionaria, con profundas
raíces populares, con convicciones políticas e ideológicas, cuyo
alzamiento tiene sus bases justamente en la defensa de la vida y la
lucha por la justicia social para la clase desprotegida y reprimida por
el Estado, vaya a atentar con intencionalidad en contra de la población
no combatiente e indefensa, y que además está al margen de la
confrontación militar.
La palabra crimen tiene
definiciones subjetivas y de variada interpretación, pero desde el punto
de vista de la guerra en la que estamos inmersos, en la que las Fuerzas
militares ubican sus bases, puestos y guarniciones en medio de la
población civil, en clara intención de escudarse en ella, es inevitable
que resulten personas afectadas en los choques armados, pero es evidente
que las FARC son respetuosas con la vida e integridad de los civiles,
incluso con el enemigo rendido en combate como he señalado
anteriormente. Aunque no se puede negar que se producen errores dentro
de la dinámica de la guerra y en los niveles ha que la ha llevado el
Estado colombiano. Tengamos en cuenta que es un conflicto armado que
lleva décadas.
Supongamos que se
firma la paz y ustedes se transforman en partido político después de
dejar las armas. Dentro de un año se cruza en las calles de Bogotá con
uno de esos soldados. ¿Qué pasaría?
Pues lo saludaría, le invitaría a un café, a una cerveza.
¿Y él? ¿Cree que le aceptaría la invitación o también le invitaría?
Es muy posible, el tiempo va sanando las heridas. Los seres humanos no
somos de piedra, y la paz debe comenzar por ahí. La paz y la
reconciliación siempre han sido bandera de las FARC. Eso son valores que
yo traía de mi casa, pero las FARC me los cultivó, me los afianzó.
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