Panamá: elecciones sin sustancia
Editorial de LA JORNADA - México.
El
aún vicepresidente panameño, Juan Carlos Varela, ubicado en la
oposición por pugnas con el mandatario saliente, Ricardo Martinelli,
ganó los comicios presidenciales realizados ayer en su país al obtener
cerca de 40 por ciento de los sufragios. Detrás de él quedaron el
oficialista José Domingo Arias (32 por ciento) y el aspirante del
Partido Revolucionario Democrático (PRD), Juan Carlos Navarro (27.5). La
elección se desarrolló en un ambiente pacífico y distendido, a pesar de
los temores por una eventual compra masiva de votos y de las denuncias
opositoras de una campaña sucia del oficialismo y de irregularidades en
la documentación que, a la postre, resultaron ínfimas.
La
única anomalía significativa fue, en todo caso, el abierto proselitismo
realizado por Martinelli en favor de Arias, su favorito, hecho que está
expresamente prohibido por la ley. Aunque hubo siete candidatos
oficialmente registrados, sólo los tres referidos tenían posibilidades
de triunfo; es decir, en los hechos se configuró un escenario
tripartidista. Además de la renovación presidencial, los electores
seleccionaron a 70 diputados, 73 alcaldes y casi 600 concejales.
La
imagen podría redondearse por un contexto económico sumamente favorable
para la nación istmeña, que en años recientes ha venido experimentando
tasas de crecimiento cercanas a 10 por ciento, se ha convertido en un
centro financiero, comercial y marítimo de creciente importancia en el
mundo y ha llevado a cabo una ambiciosa expansión de su infraestructura y
del sector de la construcción.
En
este escenario, que podría considerarse idílico, la nota discordante
corrió a cargo del presidente del Tribunal Electoral, Erasmo Pinilla,
quien poco antes de los comicios advirtió que éstos tendrían lugar con
el telón de fondo de
un resquebrajamiento y debilitamiento institucional y de una lacerante desigualdad.
El
primero de esos fenómenos es atribuible, principalmente, al autoritario
y opaco ejercicio del poder del presidente Martinelli. En cuanto al
segundo, resulta significativo que, entre todos los datos servidos para
el optimismo, 28 por ciento de la población panameña sobrevive en
condición de miseria o miseria extrema.
Sin
embargo, ni Varela ni sus rivales reales presentaron a la ciudadanía
una propuesta específica para armonizar crecimiento con justicia social.
De hecho, las diferencias entre ellos se basaron más en pleitos
personales y facciosos que en programas políticos y económicos de
gobierno. Por ello, a pesar de la vistosa cobertura mediática de las
elecciones, no hubo en ellas ninguna posibilidad de cambio significativo
en la conducción de las prioridades económicas.
En
esencia, persiste el modelo institucional, político y económico
instaurado en Panamá tras la invasión estadunidense de 1989, en la cual
los agresores devastaron barrios enteros de la capital y mataron a
cientos o miles de civiles, dependiendo de las fuentes. Tanto el
gobierno de Guillermo Endara –quien juró el cargo en la base militar
estadunidense de Clayton– como sus sucesores, empezando por el ex
torrijista Ernesto Pérez Balladares, se mantuvieron fieles al modelo
neoliberal, y tanto las formaciones políticas de la oligarquía
tradicional como el PRD, de supuesta orientación progresista, han sido
inflexibles en la aplicación de las consignas de reducción del Estado,
apertura comercial y desregulación, matizadas en el caso del segundo por
ciertos programas de corte asistencialista.
Como
resultado de lo anterior, hoy en día el país próspero y democrático
coexiste con una nación golpeada por la desigualdad y la miseria. La
deuda social sigue acumulándose. En ese contexto, ejercicios de
formalidad democrática como el realizado ayer carecen de sustancia,
porque en ellos no se pone en juego la permanencia o la alternancia del
proyecto económico y social del país.
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