sábado, 10 de mayo de 2014

Memoria tricolor de Andalucía



 
Memoria tricolor de Andalucía 
Juan José Tellez
La república no es un ejercicio de nostalgia sino una apuesta de futuro. Eso se dicen los partidarios de ese cambio profundo en la jefatura y estructura del Estado, cuyo último conato se iniciaba un 14 de abril de 1931 y concluía hace 75 años, también en primavera.
El republicanismo vital ha sido una constante bajo la monarquía juancarlista, a cuyo titular –hasta muy recientemente– se le excluía de esa horda de borbones franceses que trajo hasta España, trescientos años atrás, una guerra de Sucesión y la decadencia paulatina de un viejo imperio. En 1975, los monárquicos españoles cabían en un microbús rumbo a Estoril, donde residía don Juan de Borbón; don Juan sin tierra y sin corona, el rey que no reinó nunca pero intrigó mucho. Desde el plano político, durante la transición, el republicanismo se refugiaba en la derecha extrema y en la izquierda social, por más que el mismísimo Santiago Carrillo refrendara al monarca y aceptara la bandera rojigualda, reequilibrando sus colores y exiliando el aguilucho en favor del escudo constitucional. En ambos segmentos, dicha pulsión utópica sigue latente, pero ahora también se extiende a amplios sectores del electorado del PP, por mucho que mandemos al actual jefe del Estado a cazar inversores en los emiratos árabes.
También la república anida en el corazón de Andalucía, por más que corran ríos de tinta sobre el papel cuché de la breve aunque costosa corte de Juan Carlos I: qué monos los hijos de las infantas y de doña Leticia, qué apuesto el Príncipe, qué señora la Reina, qué arpía Corina, aletean los mentideros de bares y peluquerías; qué injusto que la sangre sea la que marque la primacía política de un país, como si este le perteneciera a una sola familia, según reflexionan quienes todavía emplean el magín para calibrar semejantes albures.
El porvenir de la república, en cualquier caso, debe sustentarse sobre la remembranza del pasado. Y la memoria tricolor de Andalucía fue la de una experiencia fallida en un frente claro, el de su profundo corazón rural, donde el caciquismo impidió la Reforma Agraria y extendió su oposición a sangre y fuego hasta el alma de las ciudades y el ruido de sables del Llano Amarillo. Sin embargo, sus éxitos fueron mayúsculos –como también ocurriera a escala estatal—en las políticas sociales, especialmente en la extensión de la educación.
Sus sombras –matanza de Casas Viejas, la fracasada revolución del 34 en Asturias—son puntualmente aireados por un copioso número de escritores revisionistas que intentan lo imposible por exculpar al fascismo español por el inicio de la guerra civil y la feroz represión con que la dictadura se empeñó antes y después de abril del 39. Tanta fuerza tienen sus valedores que intentan restarle legitimidad al gobierno del Frente Popular, mayoritariamente elegido por las urnas en febrero de 1936. ¿Dónde estamos los republicanos de hoy que no ponemos el mismo empeño en dirección contraria y nuestro argumentario suele reducirse a algún que otro chiste casposo sobre la falta de lucidez, el exceso de testosterona de Su Majestad o sus negocios más oscuros si cabe que los de su hija Cristina?
Hacen bien las asociaciones de la memoria en reconstruir los crímenes del franquismo y rescatar los restos de sus víctimas. Sin embargo, tendríamos que hacer lo imposible por exhumar la memoria ecuánime de la Segunda República y de la brevísima Primera. De sus aciertos y de sus errores deberá nutrirse el albor de la Tercera, que esperemos que nunca vuelva a ser la vencida.

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