Protestas antidemocráticas y sedición golpista en Venezuela
El autor analiza los motivos reales que
están detrás de las movilizaciones convocadas en Venezuela durante estos
últimos días; unas movilizaciones enmarcadas en la estrategia de
desestabilización diseñada por una oposición que se niega a aceptar los
resultados de las urnas.
Arriba a la izquierda: Tuitero opositor divulga foto de supuesto estudiante venezolano golpeado por “fascistas asesinos” del PSUV. Derecha: La foto corresponde a Unai Romano, joven retenido, golpeado y torturado en 2005 por la policía española.
Las movilizaciones convocadas por un sector de la
oposición venezolana obligan a plantearse hasta qué punto las protestas
de estudiantes, empresarios, comerciantes y aliados -promovidas por
Leopoldo López, María Corina Machado y Antonio Ledezma- responden a un
ejercicio democrático o, por el contrario, son parte de un proceso
desestabilizador perfectamente urdido. Uno de los argumentos recurrentes
para atacar al gobierno legítimo de Nicolás Maduro sostiene que
Venezuela es un país secuestrado por fuerzas extranjerizantes, al
servicio de Cuba. Las mismas que habrían suprimido la democracia,
promovido la violencia policial e instaurado un régimen totalitario.
Una de las organizaciones más relevantes en las protestas, denominada
Juventud Activa Venezuela Unida (JAVU), que impulsa la iniciativa
"Operación Libertad", denunció el 22 de febrero que "fuerzas extranjeras
han sitiado militarmente a Venezuela. Sus mercenarios nos atacan de
manera vil y salvaje. Su objetivo es esclavizarnos". Así, concluyen que
es su deber patriótico "defender la soberanía de la nación, expulsando a
los comunistas cubanos que se encuentran usurpando el gobierno y la
Fuerza armada".
Luis Hernández Navarro -en su
artículo de La Jornada titulado "Venezuela: los cachorros de la
reacción"- reveló que JAVU mantiene estrechas relaciones y recibe
financiación del Partido Popular y de la organización juvenil de Silvio
Berlusconi, así como del Instituto Albert Einstein, fundado por Gene
Sharp, promotor de las revoluciones de colores en países que no son
afines a la OTAN y USA. Tal y como Mirialvic Olivares -uno de los
cabecillas- confesara al señalar que "las organizaciones
internacionales que nos están apoyando en este momento siempre han
estado de la mano con nosotros, no solamente en cuestiones de protesta,
sino en cuestiones de formación y nosotros con ellos siempre hemos
estado de la mano. No nos da vergüenza, no nos da miedo decirlo".
Igualmente en cables de Wikileaks publicados no hace mucho se revela la
importancia de promover las manifestaciones de estudiantes, jóvenes y
actores no formales en la lucha contra el gobierno bolivariano,
apelando a su "pureza y legitimidad". Sin duda, son factores que pueden
encender la chispa de una eventual guerra civil.
La
burguesía latinoamericana y sus partidos políticos han acusado siempre a
la izquierda de copar espacios e instituciones democráticas para
horadar y destruir el poder constituido. Durante la guerra fría, la
categoría "enemigo interno" fue el pretexto para etiquetar a marxistas,
socialistas y comunistas de infiltrados, agentes de la Unión Soviética,
anti patriotas o espías cubanos. Hoy, dichos argumentos sirven a la
oposición venezolana para generar un rechazo a los cooperantes o
residentes cubanos y asaltar su embajada, apostillando que Venezuela es
prisionera de los hermanos Castro, quienes la gobiernan desde La
Habana.
Si hacemos historia, durante el siglo XX
muchos países de América Latina ilegalizaron a los partidos de la
izquierda marxista acusándolos de elaborar planes para infiltrarse en
las instituciones democráticas e imponer la dictadura del proletario.
Así cobraron vida las leyes de defensa de la democracia, conocidas como
"leyes malditas". En América Latina se aplicaron sin rubor. Su
objetivo era impedir el desarrollo de una opción popular y
anticapitalista frente a los gobiernos de las burguesías dependientes
política, militar, cultural y económicamente de Estados Unidos. La
derecha optó por la guerra global, la estrategia del miedo y la
represión. Los comunistas horadaban los valores cristianos de la
familia, la nación y la patria. En ese instante se recurrió a la
técnica del golpe de Estado basado en la doctrina de la seguridad
nacional. Los cielos se oscurecieron en muchos países latinoamericanos.
Hoy, Venezuela es víctima de esta doctrina, revitalizada bajo el
principio de reversión de procesos democráticos, pero con un factor que
hace difícil su éxito. La República Bolivariana es una de las
democracias más consolidadas de la región. Su Carta Magna se encuentra
entre las más avanzadas del mundo. Tiene la extraña virtud de no ser
papel mojado. Sus elecciones son un ejemplo de transparencia, gozando
de un reconocimiento internacional. Sirva como dato que la oposición,
en su proceso de primarias donde salió elegido Henrique Capriles, pidió
la supervisión del Consejo Nacional Electoral (CNE) como garantía para
evitar el pucherazo. Igualmente, el ejercicio de las libertades
civiles públicas tiene un solo coto: el respeto al orden
constitucional. No hay trabas para manifestarse solicitando la
destitución del presidente o cargos públicos. El referéndum revocatorio
se contempla en la Constitución de 1999 y ha sido ejercitado por la
oposición sin problema cuando lo ha pedido.
Aquí
comienzan los claroscuros de las manifestaciones convocadas por un
sector de la oposición. Su objetivo no solicita la renuncia del
presidente en un referéndum revocatorio, ni exige cambios en las
políticas de becas, vivienda o salud, ni rechaza las actividades de las
misiones populares o pide la expulsión de los médicos cubanos que
trabajan en los centros hospitalarios e instituciones como parte de los
acuerdos de cooperación firmados entre los dos países. Todas ellas
opciones legítimas, que se pueden o no compartir. Su fin es otro:
promover el sabotaje, cortar el acceso a calles, bloquear carreteras o
tirar cócteles molotov en centros oficiales, buscando provocar una
respuesta que les convierta en víctimas de la violencia y represión
"chavista". En este contexto, Leopoldo López, Carina Machado y otros
prefieren patear el tablero, llevar el país a la quiebra constitucional,
cruzar la barrera de lo democrático y sacrificar vidas humanas para
así derrocar al gobierno constitucional. ¿No resulta extraño, acaso,
que de las 28 víctimas mortales algunas lo sean por disparos en la
cabeza, propios de francotiradores?
Las protestas y
movilizaciones que hoy sacuden Venezuela no son homologables a las
convocadas en el resto de países del entorno, ni tienen un contenido
democrático. Por el contrario, llaman a la sedición y a la guerra
civil. En nada se parecen a las realizadas por los colectivos
políticos, estudiantiles, sindicales, mujeres, juventud, jubilados,
mineros o campesinos que en el mundo convocan contra las políticas de
austeridad, las privatizaciones, el uso de transgénicos, el desempleo o
los recortes en salud, educación, cultura o vivienda. Tampoco se
pueden asimilar a las movilizaciones que, jugándose la vida sus
convocantes, reivindican libertad y democracia en medio de férreas
dictaduras. Menos equipararlas a las protestas que aúpan a la
presidencia a sujetos nacidos del fraude electoral, como México,
Honduras o Paraguay. Todos los ejemplos citados constituyen casos donde
se violan los derechos humanos, se reprime a la ciudadanía, se coartan
los derechos de reunión y asociación, y se ejerce brutalidad policial
contra la población, concitando un rechazo generalizado de la opinión
pública y solidarizándose con las víctimas. Chile, España, Egipto,
Pakistán, Colombia, Paraguay, Honduras, etc. Resulta significativo que
la oposición venezolana y los medios de comunicación internacionales
publiquen imágenes de máxima represión pertenecientes a alguno de los
países citados, buscando complicidad y apoyos en sus reivindicaciones
golpistas.
Sin duda asistimos a una estrategia dual
para hacer caer el gobierno del presidente Maduro y revertir una década
de avances democráticos. Por un lado, en el corto plazo, la sediciosa y
golpista, encabezada por la derecha más reaccionaria; y, por otro, la
abanderada por Henrique Capriles, donde se mezcla el llamado a la
desestabilización, el mercado negro, el miedo y la guerra económica.
Capriles piensa en el largo plazo. Acepta las reglas del juego
constitucionales -al menos formalmente- y reconoce logros en áreas como
la salud, la educación, la vivienda y la legislación laboral. Mientras
tanto, busca quebrantar la unidad de las fuerzas armadas, restar
apoyos al gobierno y aislarlo internacionalmente. Capriles entiende que
un golpe de Estado fracasaría, como sucedió en 2002. Mejor colapsar la
economía y provocar la debacle interna del "chavismo". Es más prudente
y se decanta por la derrota electoral en las siguientes elecciones
presidenciales. Pero no nos engañemos. Si la primera tiene éxito, la
apoyará dado que el objetivo final es compartido: retornar el poder
político a la plutocracia.
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